Científicos de Harvard crean insectos capaces de mover sus alas 120 veces por segundo

Estamos tan acostumbrados a ver moscas que no nos paramos un segundo en averiguar dónde está el secreto de su agilidad, de dónde sacan los reflejos para evitar un manotazo o cómo se las ingenian para aterrizar con precisión sobre una flor en movimiento. Han tardado más de diez años en culminar el «proyecto RoboBee», pero investigadores de la Universidad de Harvard han construido las primeras moscas robot que han logrado realizar un vuelo controlado, con pequeños cables, según publica hoy la revista «Science». Este trabajo ha sido realizado conjuntamente por la Escuela de Ingeniería y Ciencias Aplicadas (SEAS) y el Instituto Wyss de Ingeniería de Inspiración Biológica, ambos en Harvard.

Sólo 80 miligramos

El cuerpo de estos «bichos», de apenas 80 miligramos de peso y un tamaño inferior a una moneda de un centavo de dólar, está construido con fibra de carbono, mientras que sus partes están articuladas por diminutas bisagras de plástico. Sin embargo, el auténtico reto fueron las alas: elaboradas a partir de materiales pizoeléctricos –cristales que al ser sometidos a tensión mecánica adquieren una polarización eléctrica– y casi insvisibles. A través de un sistema de control, las moscas-robot son capaces de mover sus alas 120 veces por segundo. «Las moscas son capaces de realizar algunas de las acrobacias más asombrosas de la naturaleza usando cerebros pequeños», afirmó Sawyer B. Fuller, uno de los autores del trabajo.

La pregunta es inevitable: ¿tendrá alguna utilidad práctica la creación de estos minúsculos robots? Así parece: desde controles medioambientales hasta operaciones de búsqueda y rescate, pasando por la polinización de cultivos.
«El Instituto Wyss siempre intenta aprovechar la biología para resolver problemas del mundo real», afirmó a «Science» Don Ingber, director de la Fundación Wyss.
Sin embargo, sus responsables creen que puede albergar aún más interés los componentes utilizados en el proceso. Y es que su proceso de fabricación podría dar pie a la creación de dispositivos médicos complejos. «Este proyecto nos da una motivación común a todos los científicos e ingenieros a la hora de crear baterías más pequeñas y sistemas de control más eficientes, así como para obtener materiales más fuertes y ligeros», aseguró Robert J. Wood, profesor asociado del SEAS, que considera este hallazgo un hito dentro de los sistemas de microfabricación.
Y ahora, a por su cerebro cerebro

Después de haber conseguido que el «bicho» vuele, los científicos son ahora un poco más ambiciosos. Varios equipos multidisciplinares trabajarán en aspectos como la fuente de energía, la coordinación de sus partes y, por supuesto, su cerebro. ¿La meta final? Lograr que estos insectos robóticos sean plenamente autónomos y, por supuesto, inalámbricos.
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