¿Ser sexo adicta es una enfermedad?

Hasta el siglo XX nunca antes habíamos escuchado hablar de los ‘sexo adictos’. Anteriormente habíamos oído hablar de los ‘pecadores’, pero lo cierto es que ‘enfermo del sexo’ es un concepto más moderno.  La primera vez que supimos de esta adicción fue por Michael Douglas, cuando su mujer Diandra Luker le pidió el divorcio por adulterio. Dadas sus intenciones de arruinarle la vida al actor, Douglas alegó en el juicio que era un sexo adicto e immediatamente ingresó en una clínica especializada para desintoxicarse. De este modo se libraba de pagarle la indemnización correspondiente a su mosqueada esposa.
Fue por entonces cuando supimos que había personas que sufrían porque sentían un deseo sexual desmedido que no conseguían calmar con nada. También nos llegó el caso de un joven nórdico que había sustituido todo tipo de actividad social como el trabajo, el estudio y las relaciones sociales, por la masturbación, y que decía sentirse profundamente desgraciado.
A los sexólogos de aquella época nos llegó esta noticia con el pie cambiado. No sabíamos qué decir, habíamos sacado de nuestro catálogo de problemas sexuales, tanto el deseo desmedido como la ninfomanía y el priapismo – que es como llaman los puritanos a estar siempre dispuestos a tener sexo- y ahora aparecía una nueva disfunción que tenía todos los visos de ser más bien perteneciente al orden moral, que al médico o al psicológico. 


En este impasse proliferaron clínicas especializadas en ‘curar a los sexo-adictos’ tanto hombres como mujeres que se debatían en el infierno de la adicción al sexo. Afortunadamente, desde entonces ha llovido mucho y hemos aprendido muchas cosas. La primera y más importante, es que no puede considerarse de ningún modo la conducta sexual como adictiva, ya que se regula sola:  ella misma se estimula y ella misma se relaja. Pero si que podemos considerar la conducta sexual y el inmenso placer que proporciona el orgasmo como una vía de escape a la angustia, la ansiedad o el miedo.
Lo importante no es saber cuántas veces se masturba o hace el amor el equivocadamente llamado sexo adicto, sino saber los motivos de por qué lo hace. Si lo hace por gusto, no hay problema con las cantidades. Pero si es por eludir otras tareas como el trabajo, los estudios o las relaciones sociales, sí que se presenta un problema que debería tratarse.
Y si Diandra se creyó que su adúltero marido era un sexo adicto, peor para ella, al fin y a la postre terminó divorciándose de él porque parece ser que su afición a perseguir señoritas era incorregible.

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